El precio de ser salvadoreño y metalero

En los últimos meses me he llenado de regocijo al darme cuenta de la cantidad de recitales que se llevarán a cabo en nuestra humilde tierra natal, castigada por la violencia y una cultura de desigualdad aplaudida por un poder estatal por demás corrupto. Me ha llenado de entusiasmo saber que los metaleros salvadoreños enarbolan la bandera del optimismo en tiempos de nubes grises, y todo por el culto y amor a un género musical que nos quita el sueño y produce fuertes emociones encontradas.

Pero, en serio, ¿Qué precio se paga por el hecho de ser un seguidor del metal, y además, ser salvadoreño? Me he detenido en reiteradas ocasiones a pensar no sólo en el señalamiento social del cual, somos objeto, sino, a que somos vistos como una retroalimentación de la cotidiana violencia e intolerancia en la cual todos, metaleros o no, lo vivimos a diario. La sociedad nos ha culpado de los fantasmas que ella misma ha creado.

El repudio hacia la juventud es algo ancestral, no se nos olvide. Dijo un pensador por allí, que ser joven y no ser revolucionario es una contradicción en sí mismo.

 

Yo no elegí ser metalero, sólo terminé siéndolo sin darme cuenta. En retrospectiva veo los años en los que empecé a escuchar este género en pleno bachillerato y me he dado cuenta de que a los fans del metal los guía otro tipo de motivación. La trascendencia, el apartarse de una sociedad que no les ve con buenos ojos.

Son muchos los salvadoreños que, al salir de sus labores cotidianas, gustan disfrutar de su música predilecta durante el trayecto a casa, vigilados por el omnipresente ojo de una sociedad que critica su vestimenta, su música e ideales. Un país en donde la música electrónica y tropical han sentado su bastión, sin duda.

He llegado a pensar que los conciertos son una catarsis en donde los fans del metal son capaces de exorcizar sus demonios, y los metaleros salvadoreños no son la excepción. Los metaleros crean un pequeño submundo dentro de un macro mundo que les señala, les exige reinventarse en una sociedad ebria por el cristianismo protestante, que ha llegado para quedarse. Les exige borrarse de las sucias calles en donde, día a día, quitarle la vida a un compatriota no tiene nada de peculiar.

Se nos culpa de usar la música como una vía de escape de una realidad que es sucia y pretende embarrarnos  para que todos naufraguemos en la misma barca. Algo muy injusto.

Mientras tanto, disfrutemos de estar al margen de una sociedad que es miope por el gusto de serlo y cuya visión no supera el largo de su nariz. Ése no es nuestro problema.